Las abejas fueron en su origen avispas que abandonaron la actividad depredadora para pasar al aprovisionamiento de polen, miel y colaborar en el cuidado de las crías. Estas avispas eran capaces de ingerir néctar y recoger polen y fue  hace aproximadamente unos 100 millones de años cuando comenzaron a diverger de las verdaderas avispas predadoras.

El primer fósil en el que se aprecian estructuras propias de la recolección de polen y de su transporte al nido está datado en unos 40 millones de años, siendo la ancha pata trasera y los pelos plumosos las dos estructuras más características de estos predecesores de las abejas.

Tanto la aparición como la progresiva evolución de todos los grupos de abejas recolectoras de polen y néctar va ligada estrechamente a la aparición de las plantas con flores sobre la Tierra y a su progresión hasta constituirse en la vegetación dominante del planeta. Así se entiende que las abejas tengan aptitudes especiales para reconocer los olores, formas y colores de las flores y que éstas ofrezcan recompensas en forma de néctar y polen, con lo cual se completa la cooperación: Las abejas realizan la polinización cruzada que permite la aparición de semillas y el intercambio de material genético entre plantas distintas y a cambio obtienen los dos recursos alimenticios vitales. De estas abejas primitivas surgieron los ancestros de las abejas melíferas contemporáneas, sus parientes más cercanos como son los abejorros y abejas solitarias.

Las abejas sin aguijón o meliponas son parientes más alejados pero han convergido con las abejas melíferas en el desarrollo de una estructura social y en formar colonias permanentes. Según el registro fósil se han producido pocos cambios morfológicos entre las abejas de miel que existían hace unos 30 mill. de años y las actuales. Esto parece indicar que estas abejas vivían en colonias con un comportamiento social bien desarrollado.

 Fuente: Libro: Valero, una villa serrana en el valle de la Quilama de Jose Ignacio Díez Elcuaz.

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